LA BODEGA LOS CERROS DE SAN JUAN ES PATRIMONIO HISTÓRICO DEL URUGUAY

El artículo 1 de la Carta Internacional sobre la conservación y la restauración de los monumentos, acordada en Venecia en 1964, dice: “La noción de monumento comprende la creación arquitectónica aislada así como también el sitio urbano o rural que nos ofrece el testimonio de una civilización particular, de una fase representativa de la evolución o progreso, o de un suceso histórico. Se refiere no sólo a las grandes creaciones sino igualmente a obras modestas que han adquirido, con el tiempo, un significado cultural”.

A nadie que conozca la bodega Los Cerros de San Juan escapa que ella encaja perfectamente con la antedicha definición de monumento. Por eso es un acierto y un acto de justicia la declaración de monumento histórico otorgada por la Comisión de Patrimonio Cultural de la Nación. Con motivo de festejar ese acontecimiento, directores de la Bodega reunieron a la prensa en el propio establecimiento vitivinícola, situado en las márgenes del Río San Juan y con costas al Río de la Plata, a treinta kilómetros de la ciudad de Colonia.
La visita de los periodistas a Los Cerros de San Juan contó con la presencia orientadora de los empresarios anfitriones Alfredo, Álvaro, Andrés y Javier Terra y de la enóloga del establecimiento, Ing. Agr. Estela De Frutos.

HISTORIA QUE VIENE DE LEJOS

Desde hace ciento cincuenta años, aniversario que se cumplió el pasado año, Los Cerros de San Juan está indisolublemente unido al devenir histórico de nuestro país. La obra de los fundadores Lahusen, empresarios alemanes que a mediados del siglo XIX descubrieron las potencialidades de un sitio naturalmente privilegiado, fue pródiga y marcó hitos en el desarrollo del Uruguay moderno. El empeño de aquellos pioneros es un canto a la labor de los hombres trabajando en comunión con la tierra.
Con el sostén de familias criollas afincadas en el lugar y el aporte de calificados inmigrantes europeos (principalmente, alemanes, italianos, franceses e irlandeses) Los Cerros de San Juan con el tiempo se transformó en un complejo productivo que abarcó ganadería, agricultura, elaboración de vinos, agroindustrias, industrias extractivas, desde cuyos muelles se llegó a exportar piedra y arena, carbón y leña.
Para tener una idea aproximada de lo que significó Los Cerros de San Juan en el desarrollo del país téngase en cuenta que entre 1891 y la primera década del siglo XX se construyeron 120 edificios, para albergar entre 900 y 1000 habitantes constantes, construir almacenes, depósitos, 2 escuelas, escritorios y otras dependencias. Por ese entonces el establecimiento estaba mejor comunicado por vía marítimo-fluvial que por tierra. En los muelles construidos tempranamente atracaban barcos que realizaban la travesía de los ríos interiores y del Plata, asegurando las comunicaciones con Buenos Aires y Montevideo. La mayoría de estos barcos eran propiedad de la empresa.
El historiador Alcides Beretta Curi ha exhumado un artículo, publicado en “Industrias Rurales” en 1930 donde se describe a Los Cerros de San Juan como “una granja de vastísimas extensiones, en la que se explotan intensivamente varios renglones de la producción agropecuaria”. Según el autor de la nota, era entonces; “un establecimiento modelo dentro del escenario rioplatense, no teniendo similar en los países europeos, ni en Norte América, en los cuales no podrían existir empresas de análoga estructura, que no son viables fuera de las condiciones naturales que ofrecen el Uruguay y la Argentina para la ganadería”.

Testimonios de aquellos tiempos, hoy se verifican en construcciones emblemáticas admiradas por los visitantes, como son la Bodega de Piedra, los núcleos habitacionales denominados Pueblo de la Bodega y Pueblo del Viñedo, el Antiguo Almacén y Panadería construido en piedra, el ex Hotel, en la actualidad club social y escuela, obra del arquitecto alemán Carlos Nordmann, y la casa para invitados, con planta abierta, en U, con patio orientado al norte y vinculado al viñedo.
Como con acierto ha señalado Angélica Vitale Parra: “En San Juan los recuerdos están allí, para quienes sepan encontrarlos”.

UNA BODEGA CON DUENDE

Es sabido que las construcciones añosas albergan misterios entre sus muros, sus recovecos animan la imaginación de los visitantes, y lo invisible a los ojos se vuelve tangible por la sensibilidad de quien pisa sobre huellas que otros pies marcaron, durante generaciones, antes que nosotros.
La Bodega de Piedra no es una excepción, y allí, para quienes son capaces de sentir su presencia invisible, habita un duende, custodio de las miles de botellas de vino que duermen su sueño de crianza y guía callado de los visitantes que la recorren.
La Bodega de Piedra, de dos plantas y con muros de sesenta centímetros de espesor, fue excavada en el siglo XIX en la dura roca de un cerro. Labor ruidosa de picapedreros trabajando al sol para crear un santuario silencioso y en penumbras, cuna de toneles y botellas que contienen la magia de los vinos Los Cerros de San Juan.
El visitante encuentra allí desde los primeros toneles de roble provenientes de Alemania, a los más modernos de fabricación francesa, pasando por la producción de época de la Tonelería Uruguaya de Adolfo Simón, con fábrica en Montevideo.
La Bodega de Piedra encierra un tesoro reconocido a nivel mundial por los especialistas en la industria vitivinícola, un patrimonio histórico que yace en la segunda planta de la bodega: un original sistema de enfriamiento datado en 1860.
Cuenta la tradición oral que los inmigrantes alemanes cavaron una cámara por debajo de la bodega, que en el invierno se llenaba con el agua de lluvia. Por la misma circulaban cañerías de bronce, por las cuales pasaba el vino en época de vendimia, para lograr así el enfriamiento necesario, típico de la tecnología alemana. Al culminar la vendimia, el agua depositada había entregado su frescura al vino y se tornaba templada, y entonces era retirada de la cámara, que volvería a llenarse en el próximo invierno. Al no existir bombas eléctricas, los operarios realizaban la circulación del vino por medio de una bomba impulsada por su propia fuerza, generada al pedalear en una suerte de bicicleta fija. Hoy el visitante puede bajar hasta la cámara original, y ver en el fondo las añejas cañerías de bronce que constituían parte del sistema de enfriamiento.

VINOS FINOS CON RECONOCIMIENTO MUNDIAL

Las condiciones naturales del sitio elegido por los primeros Lahusen para tejer sus sueños, son propicias para el cultivo de la vid.
El clima de la región Cerros de San Juan, entre suaves colinas y la proximidad de los ríos San Juan y de la Plata, presenta veranos soleados de noches frescas, con gran amplitud climática (hasta 18ºC).
La aptitud vitícola de los suelos de la región está determinada por la naturaleza rocosa de las sierras que la delimitan, de drenaje excelente. Las uvas tintas y blancas crecen sobre suelo de cantos rodados alcanzando, en conjunción con el clima, la madurez perfecta.
Las características del clima y los suelos en Los Cerros de San Juan, hacen de esta zona el lugar ideal para el desarrollo de las vides. Rodeadas de naturaleza, lejos de la contaminación de las ciudades, las cepas se desarrollan en un entorno natural y sano.
En las 45 hectáreas plantadas se cultivan uvas blancas (Riesling, Sauvignon Blanc, Chardonnay y Gewüztraminer) y tintas (Cabernet Sauvignon, Merlot, Tannat, Tempranillo y Pinot Noir.
Ellas son la esencia de marcas de Los Cerros de San Juan reconocidas en el Uruguay y en el mundo. Un breve catálogo de quienes aprecian los vinos finos reconoce la calidad de San Juan Fiesta, San Juan Crianza, Cuna de Piedra, Maderos; de San Juan, y para incorporar a esta lista de conocedores: Celebración 150. El vino diseñado para conmemorar el 150 aniversario de la Bodega. Una cuvée de dos vinos emblemáticos del establecimiento, Tannat y Cabernet Sauvignon. Un gran reserva con crianza mixta, en madera y botellas por siete años, que vio la luz en 2004.

LOS CERROS DE SAN JUAN ES SU GENTE

Continuando un legado que viene desde el fondo de la historia, los actuales administradores de la Bodega, Alfredo y Álvaro Terra Oyenard , y sus hijos, Andrés y Javier, que ocupan cargos de dirección en la empresa, enfatizan en el hecho, fácilmente comprobable por quienes visitan este establecimiento, que Los Cerros de San Juan es su gente.
Efectivamente, allí no sólo es un lugar de trabajo sino un sitio compartido por las treinta familias que viven en las treinta y cinco casas que se reparten entre el Pueblo de la Bodega y el Pueblo del Viñedo. Familias que en muchos casos durante generaciones han vivido en comunión con la tierra, compartiendo el pan, las alegrías y los sinsabores de una labor que exige trabajo, pero que también demanda sapiencia, transmitida de padres a hijos, y una infinita paciencia, la misma del sol que no cesa de ir y venir hasta que la uva llegó a su justo punto de madurez. Gente de Los Cerros de San Juan, gente que ama lo que hace.
Angélica Vitale Parra, que recogió testimonios de estos habitantes dice: “En Los Cerros de San Juan, las historias son más que historias personales. Son la Historia con mayúscula del lugar y de lo que allí se produce. Son generaciones enteras de tesoros heredados. Son la memoria y el legado. Son el potencial de supervivencia de algo único que va todavía más allá de la tierra y del producto, pero que, a la vez, los incluye”.

AQUELLO QUE VIO EL PRIMER LAHUSEN

El cuidado del medio ambiente por parte de la familia Terra y de todos quienes trabajan en Los Cerros de San Juan, permite rescatar la esencia de la naturaleza agreste que sin duda hechizó a Martín Lahusen, cuando a mediados del siglo XIX pisó esta tierra.
La presencia tutelar de los cerros que dan nombre al lugar, los ríos San Juan y de la Plata que enmarcan este sitio y riegan generosos los montes indígenas poblados de trinos, son los mismos que vio y oyó el viajero alemán.
Aquella presencia fascinante continúa viva, integrándose a las viñas que pueblan laderas y valles, que se nutren en suelos pedregosos y crecen con los cuidados que la gente de Los Cerros de San Juan les prodiga.
Aquí la Naturaleza y el hombre conviven en armonía. Para los visitantes es un remanso, y una incitación a volver. Porque estar aquí es, de alguna manera, regresar a nuestros orígenes.